Chilenos crean anestésico local y entran a las grandes ligas de la biotecnología.

Se trata del principio activo Neosaxitoxina, fármaco que en dosis de 20 microgramos permite el manejo de dolor postoperatorio hasta por 72 horas y sin efectos secundarios, a diferencia de los anestésicos locales tradicionales, cuya acción desaparece a las seis horas. Sus usos clínicos abordan un amplio abanico de patologías, desde la cefalea tensional hasta la acalasia o disfunción del esfínter esofágico inferior.

Hoy, están ad portas de iniciar los estudios clínicos Fase II y el presidente del directorio de la empresa, Miguel Sifri, calcula que, si todo marcha bien y de acuerdo a la planificación, la nueva droga empezaría a comercializarse alrededor del año 2020, con ventas que a nivel mundial podrían llegar a los US$ 2.000 millones sólo considerando su uso en el área postoperatoria, “ya que debería convertirse en el fármaco estándar rápidamente. Nuestro escenario conservador estima ventas por US$ 1.000 millones”, acota el ejecutivo. Eso sin considerar el desarrollo de otros usos, como dérmicos (cremas) u oftalmológicos.

Aunque Sifri recalca que hay que guardar las proporciones, comenta que el jefe de la Unidad del Dolor del Hospital de Niños de Boston, Dr. Charles Berde, en el transcurso del trabajo conjunto comparó que el nuevo analgésico podría ser tan revolucionario “como la penicilina”, por cuanto significaría un cambio en la manera de hacer medicina.

“Este tipo de drogas puede transformar ciertos paradigmas de cómo se hacen las cosas en salud”, sostiene Sifri, ejemplificando al respecto que podría tener un gran impacto en materia de salud pública, ya que muchos procedimientos médicos que hoy podrían realizarse de forma ambulatoria, no se hacen por un tema del manejo del dolor, y un avance en este sentido “optimizaría la relación cama-pabellón”.

Es que en comparación a los opiáceos (morfina) y fármacos no esteroidales, las drogas que tradicionalmente se utilizan en el control del dolor, las ventajas que tiene la neosaxitoxina, la toxina que la empresa purifica a partir de unas microalgas de agua dulce, radican en que no provoca algunos de los efectos secundarios de otros analgésicos (náuseas, vómitos, somnolencia, reacciones alérgicas en la piel y estreñimiento, entre otros) y en que su acción en el cuerpo dura hasta 72 horas tras una primera dosis. Considerando que el dolor postoperatorio –la principal indicación de uso a la que apuntan por el momento– tiende a declinar a las 48 horas, y a que el efecto de las drogas tradicionales se pierde tras seis u ocho horas, el avance es sustantivo. Además, en términos médicos permite una mejor y más rápida recuperación del paciente.

Así, la neosaxitoxina es la primera entidad química desarrollada en Chile que podría utilizarse en pacientes de todo el orbe. “Por eso, el acuerdo con Grünenthal es un hito importante y único para la industria farmacéutica y biotecnológica de Chile: por primera vez, un nuevo medicamento producido en Chile se ha utilizado en voluntarios humanos en Estados Unidos y tiene el potencial para comercializarse en todo el mundo”, plantea Sifri.

¿Cómo funciona?

La Neosaxitoxina, en dosis de 20 microgramos y purificada hasta que resulta apta para inyecciones en humanos, demuestra un efecto mucho más prolongado que los anestésicos locales tradicionales (ALT), pues la primera dosis dura hasta 72 horas -versus las seis horas de los ALT, como bupivacaína- y la segunda hasta 10 días.

Esta nueva molécula interactúa de forma específica con determinadas estructuras de los canales de sodio dependientes de voltaje, proteínas que permiten el paso de iones sodio a través de la membrana celular, los cuales se abren por cambios en la diferencia de potencial en la propia membrana, los cuales son producidos por estímulos como los neurotransmisores.

De esta forma, esta nueva droga tiene no sólo un efecto analgésico prolongado, sino que no produce los efectos neurotóxicos o cardiotóxicos en nervios y músculos que sí producen los ALT, incluso en intoxicación experimental masiva.

De Santiago a Boston

Aunque en Proteus han vivido todas las dificultades y preocupaciones de cualquier emprendedor, reconocen que han tenido suerte en el proceso, ya que “lo normal” en estos casos es fallar, caerse muchas veces e incluso, que los proyectos se terminen. Sin embargo, el camino les ha llevado relativamente pocos años, con resultados que hasta ahora han sido auspiciosos y que prometen serlo aún más.

Hace alrededor de 10 años, el científico Carlos García estudiaba en laboratorio algunas toxinas paralizantes y con efectos analgésicos, contexto en el que surgió la neosaxitoxina, un compuesto que forma parte de una familia de alcaloides neurotóxicos denominados generalmente como “toxinas o venenos paralizantes de los mariscos”, ya que son generadas por unos tipos de algas que se acumulan en mejillones, almejas y ostras. En particular la neosaxitoxina –que actúa bloqueando el sitio 1 de los canales de sodio voltaje-dependientes–, se obtuvo a partir del cultivo de células madre de un tipo específico de estas microalgas de agua dulce (cianobacterias).

García, al advertir el potencial médico que había en la toxina, contacta al ingeniero Luis Novoa (actual gerente general de la empresa) y, con capital propio de ambos, en 2007 dan forma a Proteus con la idea de obtener una resolución del Instituto de Salud Pública (ISP) y comercializar el producto en Chile, comenzando la producción mediante un proceso industrial que permite obtener el ingrediente farmacéutico activo desde las cianobacterias, que son seleccionadas y cultivadas pensando en mejorar la pureza y concentración del producto.

Todo iba viento en popa, las pruebas preclínicas ya habían terminado con excelentes resultados, pero en 2009 la empresa atraviesa el llamado “valle de la muerte”, con problemas de caja que estaban haciendo peligrar la viabilidad del proyecto.

Por medio de un amigo en común con Luis Novoa, Sifri conoció Proteus y le pareció que “algo muy bueno” había ahí. Le pidió la opinión a su amigo de la etapa escolar, el médico anestesista Julio Valenzuela, quien también creyó en el enorme potencial del nuevo desarrollo y decidieron entrar al negocio. Contactaron al estudio legal Jara del Favero para hacer el due dilligence y luego, en un par de meses, armaron el primer fondo de inversión (Pasteur I) para capitalizar –y salvar– a la empresa.

De ahí, todo se desarrolló vertiginosamente. De hecho, para el acuerdo con el Hospital de Niños de Boston, restaba menos de un año.

El lugar correcto, el momento indicado

Sifri explica que luego de entrar en la compañía se dieron cuenta de que, por un lado, registrar una molécula nueva en Chile, donde los organismos regulatorios no tenían mucho expertise en la materia, iba a resultar muy complicado.

Y por otro lado, dos hospitales de la red hospitalaria de la Escuela de Medicina de la U. de Harvard (entre ellos el de Niños de Boston) habían patentado en el hemisferio norte el uso de estas toxinas como anestésico local, tras adquirir en Canadá un tipo de estas toxinas, con un nivel de pureza que les permitió demostrar sus efectos en modelos animales. Sin embargo, no tenían un proveedor que los abasteciera con la cantidad suficiente para iniciar estudios clínicos y proyectarse al mercado. Así es que en Proteus advirtieron que, más que un competidor, en ellos tenían claramente un aliado, pues contaban con las patentes de uso pero no con las de producción de la droga.

“Los contactamos y nos respondieron en menos de una hora diciéndonos que estaban interesados. Hicimos una primera reunión en Carolina del Norte en octubre de 2009, a la que asistió el Dr. Berde, quien quedó muy entusiasmado y nos invitó a Boston, donde llegamos a los dos meses en una negociación formal para asociarnos”, recuerda Sifri.

El dolor, como sujeto de estudio y blanco de herramientas terapéuticas, es un área relativamente nueva en la medicina ya que en general se lo consideraba, hasta hace algunas décadas, como algo “normal”, una consecuencia no deseada pero “lógica” que está presente o sobreviene a un procedimiento médico. De hecho, en el ámbito de los anestésicos locales se siguen utilizando prácticamente las mismas moléculas que hace 40 o 50 años, por lo que al Hospital de Niños de Boston, referente en el campo de la pediatría a nivel mundial, le llamó la atención este nuevo analgésico porque podía mejorar la recuperación de sus pequeños pacientes y, además, porque ellos mismos se habían interesado en este tema desde la década del 80, cuando crearon una Unidad del Dolor (la primera a nivel global).

Rápidamente, el 24 de mayo de 2010, Proteus firmaba el acuerdo de colaboración con el Hospital de Niños de Boston (y la U. de Harvard, a través de él). Un acuerdo diseñado y enfocado en colaborar en la investigación sobre el uso clínico de la neosaxitoxina, potenciando los “fuertes” de las partes, es decir, la propiedad intelectual, el conocimiento empírico, las instalaciones, los recursos y la experiencia en investigación preclínica y clínica. La empresa chilena se encargaría de la producción y los norteamericanos, de todo el desarrollo clínico necesario como para hacer las pruebas en humanos, en un ensayo clínico de Fase I, apuntando a llevar el producto al mercado.

“Allá demoramos alrededor de un año en hacer las pruebas preclínicas que luego, por exigencias de la FDA, debimos repetir en un laboratorio independiente y de categoría GLP (Good Laboratory Practice), que realizamos en Estados Unidos, en Toxikon Corp. Eso aumentó nuestros costos en US$ 1 millón y atrasó en un año nuestra planificación, que era llegar a estudios clínicos Fase I en EE.UU. y después, buscar un partner de clase mundial en la industria farmacéutica para hacer un acuerdo de licenciamiento”, explica Sifri.

Finalmente se hicieron dos Fase I en Boston, con 100 voluntarios hombres, cuyos buenos resultados se presentaron en un evento médico de EE.UU., marcando con ello otro hito en el camino del nuevo fármaco.

Fuente:uchile.cl

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